Lutecia

Lutecia Adam: Un Legado de Vitalidad y Sabiduría

Lutecia Adam (1925-2024), una venezolana excepcional cuya vida fue un faro de resiliencia y conocimiento, nos enseñó que la verdadera riqueza reside en la armonía con la naturaleza. Desde sus primeros años ―entre Irapa  en el estado Sucre, y Tucupita en Delta Amacuro―, fue una niña observadora, atenta de la sabiduría popular y los secretos de la tierra.

Su profunda curiosidad y afán de conocimiento la llevaron a viajar, lo que enriqueció enormemente su perspectiva. Ferviente promotora del arte nacional, dedicó parte de su vida a apoyar a numerosos pintores, poetas, artistas plásticos y otras figuras del ámbito cultural, reconociendo y visibilizando el talento venezolano.

Sin embargo, fue una severa enfermedad la que daría un vuelco a su vida. Luego de un diagnóstico negativo por parte de la medicina alopática; lejos de ceder, Lutecia buscó alternativas en otros sistemas que le permitieran recuperar la salud; así se acercó al naturismo y sus terapias ―que involucraban elementos como el sol, el agua y la tierra―, la acupuntura, ciencias que le permitieron entender la conexión mente-emoción y cuerpo, y así la meditación y la visualización se convirtieron en herramientas para la autosanación. Basándose en un cambio radical de alimentación consciente, a través de la dieta, los jugos verdes, y sirviéndose de las plantas medicinales, remedios ancestrales, conocimiento conservado por los yerbateros y sanadores populares.

Este proceso de sanación, la llevaría a diseñar e impartir más adelante su Taller «Otras Alternativas de Vida», que  la impulsaría a recorrer incansablemente Venezuela, de Oriente a Occidente, lo que le permitió compartir saberes, y establecer un diálogo activo con los participantes, documentando con esmero la sabiduría etnobotánica, la etnomedicina y las tradiciones culinarias de cada rincón del país. Trabajo que daría a conocer a través de su columna Laboratorio 3B ―para la icónica revista Estampas, del periódico El Universal―, y que replicaría con su voz en numerosos programas de radio y televisión, donde su prosa amena y sus descubrimientos cautivarían a miles de venezolanos.

Como ella misma expresaba en sus últimos años, la clave de su vitalidad no era un secreto, sino un esfuerzo consciente y diario: «Tengo que alimentarme muy bien, tomar mis jugos verdes, hacer yoga cada día».

Lutecia profundizó en la ciencia de la nutrición, las propiedades curativas de los vegetales, la combinación adecuada de alimentos y la disciplina psicofísica a través del yoga y el taichí, disciplinas de las cuales tomaba ejercicios, como el Saludo al sol o las Siete joyas chinas, y que incorporó a su rutina diaria y a sus talleres.

Su enfoque no solo era físico, sino profundamente espiritual, concibiendo la vida como un constante aprendizaje, y la vejez como una «experiencia importante e interesante».

Su vida se convirtió en una constante búsqueda de la verdad en todas las cosas, «admitiendo las cosas como son» y encontrando en la lealtad a la realidad su principal ejercicio espiritual.

El Gran Laboratorio de la Naturaleza, fruto de esta dedicación y de esta búsqueda incansable, es el reflejo de una vida entregada a develar y compartir los dones de la tierra y el espíritu.

Aunque nos dejó físicamente a los 97 años en Mérida, su legado de sabiduría, vitalidad y su apoyo incondicional al arte perduran, invitándonos a todos a cultivar la alegría y a reconectar con la inagotable fuente de vida que nos ofrece nuestro planeta.

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